El plato, barricada de una revolución pacífica

Por: Andoni Luis Aduriz (Artículo original “El país”).

Como nos recuerda el filósofo Daniel Innerarity en la introducción del libro Cocinar, comer, convivir, alimentarse, lejos de ser un acto trivial, es una acción cargada de astucia e intención política. En nuestra sociedad es frecuente sospechar que vivimos inmersos dentro de un orden difícil de alterar, donde las decisiones son tomadas por terceros en despachos aislados de la realidad y las preocupaciones de la calle. Que moramos sumidos en una coyuntura salpicada de cortinas de humo creadas para distraer la atención de los ciudadanos lejos de los verdaderos problemas que les apremian. Que nos encontramos bajo dictámenes diseñados para satisfacer los intereses de compañías y organismos que tutelan las decisiones de los Estados.

Así, se da por supuesto que el ciudadano de a pie poco puede hacer para revertir la situación. Pero a pesar de lo que creamos, lejos de ser marionetas conducidas por otros, nuestras acciones corrientes poseen una relevancia trascendental. Nuestras decisiones y hechos pueden dar forma a lo ordinario más allá de lo que imponen las rutinas, lo que nos convierte, más que en títeres, en actores principales de nuestros actos. Porque en el gesto habitual es precisamente donde se produce un mayor impacto social y la oportunidad perfila un futuro diferente.

Alimentarnos es una acción que todos realizamos diariamente. Omitimos que tras la decisión de dónde y qué comer se fomenta un modelo de comercio frente a otro; se apuesta por el supermercado frente al negocio virtual o por la pequeña tienda frente a la gran superficie. En un gesto se resuelve por uno u otro sistema productivo, por la agricultura biológica o los grandes invernaderos, por las variedades tradicionales o por la biotecnología. Llenando el carro de la compra se aprueba la pesca de anzuelo o la de arrastre; la actividad de los barcos factoría o la pesca de bajura. Se avala la labor del artesano o la manufactura industrial, el ingrediente local o la marca global.

Con nuestra selección al adquirir uno u otro artículo hostigamos o favorecemos el tráfico marítimo y el tránsito de mercancías; señalamos o aplaudimos comportamientos.En la balda del supermercado, en la vitrina del colmado están la adopción de la sostenibilidad o los desórdenes del sistema. El compromiso o la indiferencia. Comprando y comiendo generamos riqueza o pobreza, arruinamos o potenciamos negocios; estimulamos o penalizamos la movilidad, las tasas y los impuestos. Con cada cucharada que nos llevamos a la boca deforestamos selvas, levantamos presas, ampliamos carreteras, hacemos fluctuar la Bolsa e incentivamos o destruimos el empleo. Arrancamos o sembramos cultivos, deshabitamos pueblos y potenciamos comarcas.

Nuestros pequeños gestos colectivos determinan la viabilidad del fast food o del menú del día; fallan en favor de las cadenas de comida rápida, del bar de barrio o todo ello a la vez. Trastocando nuestra manera de comer y comprar subvertimos la realidad que nos rodea. El plato puede ser una tarima de orador desde la que hacer política, la barricada de una revolución pacífica capaz de desencadenar secuelas inimaginables y ampliar posibilidades en esa pugna entre modelos que se da cada día en la sociedad. ¿Vamos a ignorar toda esa fuerza?

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