¿Por qué nos resulta tan difícil actuar contra el cambio climático?

Por: George Marshall (Parte I)

Debería ser fácil hacer frente al cambio climático. Existe un fuerte consenso científico apoyado por datos muy sólidos; consenso en la mayor parte del espectro religioso y político y entre las empresas, incluidas las corporaciones más grandes del mundo. La gran mayoría de las personas dicen estar preocupadas. Los objetivos son un reto, pero son alcanzables con tecnologías existentes, y habría beneficios abundantes y empleo disponible para quienes asuman el reto.

Entonces, ¿por qué ha ocurrido tan poco? ¿Por qué personas que afirman estar muy preocupadas por el cambio climático continúan sus estilos de vida de alto-carbono? ¿Y por qué, a medida que las advertencias se vuelven cada vez más fuertes, un número cada vez mayor de personas rechaza los argumentos de los científicos y la evidencia de sus propios ojos?

Estos, creo yo, serán las cuestiones clave para los futuros historiadores de la catástrofe climática que se despliega, al igual que los historiadores del Holocausto se preguntan ahora: “¿cómo pudo tanta gente buena y moral saber lo que estaba sucediendo y aún así hacer tan poco?”

Esta comparación con las violaciones masivas a los derechos humanos es un punto sorprendentemente útil para encontrar las respuestas a estas preguntas. En el libro States of Denial: Knowing About Atrocities and Suffering (Estados de negación: tomando conciencia de atrocidades y sufrimiento), Stanley Cohen estudia cómo las personas que viven bajo regímenes represivos resuelven el conflicto entre el imperativo moral de intervenir y la necesidad de protegerse a sí mismos y a sus familias. Encontró que las personas mantienen deliberadamente un cierto nivel de ignorancia, de manera tal que puedan afirmar que saben menos de lo que realmente saben. Exageran su propia impotencia y esperan indefinidamente para que otra persona actúe primero—un fenómeno que los psicólogos llaman el efecto espectador pasivo. Ambas estrategias se pueden encontrar tras la mayor parte de las actitudes generalizadas respecto al cambio climático.

Pero más interesante es la observación de Cohen de que las sociedades también negocian estrategias colectivas para evitar la acción. Él escribe: “Sin que se les diga qué pensar (o qué no pensar), las sociedades llegan a acuerdos no escritos sobre lo que puede ser recordado o reconocido públicamente”.

La Dra. Kari Marie Norgaard de la Universidad de California llega a una conclusión muy similar y argumenta que “la negación del calentamiento global es una construcción social”. Norgaard observa que la mayoría de las personas mantienen un profundo conflicto con el cambio climático y administran su ansiedad y culpabilidad excluyéndolo de las normas culturales que definen a qué deben prestar atención y sobre qué deben pensar—lo que ella llama sus “normas de atención”.

Según Norgaard, la mayoría de las personas ha acordado tácitamente que es socialmente incorrecto prestar atención al cambio climático. Este asunto no surge en las conversaciones, o como un tema en las votaciones, en el consumo o en las opciones de carrera. Somos como un comité que ha decidido evitar un problema espinoso conspirando para asegurarse que nunca sea incluido en el orden del día de cualquier reunión.

Hay muchas maneras diferentes en que la proximidad del cambio climático podría obligar por sí misma su aparición en nuestras agendas. Ya sentimos los efectos en nuestro entorno inmediato. Los científicos y los políticos nos instan a actuar. Los impactos amenazan directamente nuestros medios de vida personales y locales. Y, sobre todo, son nuestro consumo y riqueza los que están causándolo.

Sin embargo, las personas han decidido que pueden mantener el cambio climático fuera de sus “normas de atención” a través de un encuadre selectivo que crea la distancia máxima. En encuestas de opinión la mayoría de las personas lo definen como muy lejano (“es un problema mundial, no es un problema local”) o como lejano en el tiempo (“es un gran problema para las generaciones futuras”). Se abrazan al pequeño grupo de escépticos como evidencia de que “esto es sólo una teoría” y de que “todavía hay un debate”. Y estratégicamente trasladan las causas tan lejos como sea posible: “yo no soy el problema—son los chinos/los ricos/las grandes corporaciones”. Aquí en Europa rutinariamente culpamos a los estadounidenses.

En todos estos ejemplos, las personas han seleccionado, aislado, y luego exagerado los aspectos del cambio climático que mejor posibilitan su desapego. E, irónicamente, la investigación de los grupos de foco sugiere que las personas son capaces de crear una mayor distancia cuando el cambio climático se clasifica como un problema “medioambiental”.

Si damos un paso atrás, podemos ver que los impactos del cambio climático son tan amplios que igualmente bien podría ser definido como un importante problema económico, militar, agrícola o de derechos sociales. Pero sus causas (principalmente la contaminación por la quema de combustibles fósiles) llevaron a agruparlo con los problemas mundiales del “medio ambiente” durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo en 1992. Desde ese momento ha sido tratado por los Ministros de Medio Ambiente y los Departamentos de Medio Ambiente, y discutido en los medios de comunicación por los periodistas ambientales.

El tema fue entonces defendido por activistas ambientales que lo estamparon en forma indeleble con imágenes de vida silvestre mundial y un lenguaje de auto abnegación que hablaba de sus propias preocupaciones. Los mensajes actuales de cambio climático—los osos polares, la quema de bosques, los llamamientos a “vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir” y “volvernos ecológicos para salvar el planeta”—han sido filtrados a través de una ideología y visión del mundo minoritarias.

Por lo tanto, dentro de pocos años, el tema fue cargado con un conjunto de asociaciones y metáforas que permitirá al público en general excluirlo de sus principales preocupaciones (“no soy un ambientalista”), al igual que a los altos políticos (“el medio ambiente es importante pero los puestos de trabajo y la defensa son mi prioridad”)…

Ver artículo original “Yes Magazine”

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Lo que somos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s