Cambio climático y reservas inutilizables

Por: Andrés Gómez O.

2En la edición número 517 del 8 de enero de 2015 (ver artículo), la revista “Nature” publicó un artículo en el que se muestran las profundas implicaciones económicas y geopolíticas que tendría, tanto para los gobiernos como para las compañías energéticas, cumplir con el acuerdo de Copenhague de 2009  (ver acuerdo), donde se convino limitar las emisiones de gases de efecto invernadero con el fin de no llegar a un aumento de la temperatura media global mayor a 2°C en 2050, respecto a los niveles previos a la revolución industrial. Lo anterior implica restringir las emisiones globales al llamado “presupuesto de carbono”, cifra en la que coinciden varios investigadores, y que es tan solo una tercera parte de las reservas actuales probadas de petróleo, gas y carbón, por lo que, según el artículo, el 82% de las reservas mundiales de carbón, el 33% de las de petróleo y el 49% de las de gas, se deben dejar bajo tierra. En otras palabras, tenemos muchas más reservas de combustibles fósiles de las que podríamos usar, y según el dato de emisiones de 2014, cada año nos “gastamos” cerca del 4% del presupuesto total, cifra que tiende a aumentar (ver artículo), de acuerdo a las exigencias de la economía del crecimiento infinito. ¿Serán conscientes nuestros gobernantes de las implicaciones económicas, políticas y ambientales de los presupuestos de carbono y las reservas inutilizables para el futuro de nuestros países?McGlade y Ekins, autores del artículo mencionado, estiman cantidades, localización y tipo de reservas de petróleo, gas y carbón existentes, además de evaluar cuáles ser usadas hasta 2050. Así las cosas, es claro que dicho presupuesto de carbono no debería malgastarse en continuar alimentando el esquema global de hiper-consumo que nos trajo al punto en que nos encontramos, sino que debería destinarse a suplir las demandas energéticas necesarias para llevar a cabo la transición planetaria a un futuro en el que los recursos renovables suplan las necesidades de una nueva sociedad, que debe plantearse un descenso energético radical para sobrevivir. Con los actuales niveles de emisión, que proceden en su mayoría de las grandes potencias industrializadas, vamos en camino de aumentar la temperatura en más 4°C, un planeta en el que, según “The Guardian”, el nivel del mar aumentaría en más de cinco metros, sumergiendo más del 30% de las zonas costeras, en donde Italia, España, Grecia y Turquía se volverían desiertos y el clima de verano del sur de Inglaterra se parecería al de Marruecos en la actualidad (ver artículo), y donde, como lo sugiere el IPCC (ver imagen) la vida como la conocemos sería imposible.

De acuerdo al instituto británico “Carbon Tracker Initiative”, la industria minero-energética gasta más de 670 mil millones de dólares (cifra de 2013) en el desarrollo de nuevas reservas y tecnologías de extracción, dinero que está en riesgo en los mercados financieros, junto con los billones de dólares representados en reservas probadas al volverse inutilizables (ver informe). La mayoría de estos recursos económicos provienen de inversiones de diversos tipos de entidades, que van desde universidades y grupos religiosos, hasta los fondos de pensiones en los que cada uno de nosotros depositamos dinero mensualmente, y que esperan obtener dividendos mientras los negocios prosperen de la manera en que el mercado propone. Como dice uno de los coautores del artículo, Paul Ekins “Los que invierten en estas compañías pueden comenzar a sentir que ese dinero sería mejor invertirlo para desarrollar proyectos energéticos de bajo impacto en carbono, o devolverse en forma de dividendos”. En este sentido, vemos cómo en la última junta de accionistas de la gigante petrolera BP, se demandó a la empresa probar si su modelo de negocio es compatible con el acuerdo internacional de limitar el calentamiento global a 2°C (ver artículo).

El anterior es un ejemplo de los resultados de la lucha de varias organizaciones ambientalistas, con 350.org a la cabeza (ver página), que tratan de enfrentar el gigantesco poder de las transnacionales minero-energéticas mediante acciones que alertan y movilizan miles de personas y grupos de diversas tendencias políticas y filosóficas. Así fue en el caso de la marcha climática de los pueblos que contó con más de cuatrocientos mil participantes, y así se espera que sea en esta ocasión, el 13 y 14 de febrero, en el “Global Divestment Day” o el “Día Global de la Desinversión”, que consiste en hacer un llamado para que los individuos, grupos e instituciones que poseen inversiones en la industria de los combustibles fósiles se deshagan de sus acciones, bonos, u otros instrumentos financieros, con el fin de aumentar la presión en gobiernos y empresas, y exigirles acciones concretas para el cumplimiento de los acuerdos (Global Divestment Day). Una estrategia como esta fue muy exitosa en la historia reciente, cuando se llamó a la desinversión en compañías que hacían negocios en la Sudáfrica del Apartheid. Vale la pena intentarlo una vez más, y proponer desde el sur un pacto de justicia climática, en el que recordemos que hemos aportado por décadas los recursos naturales para la industrialización del norte, y lo que ahora nos queda es la peor parte. Queremos seguir viviendo en un mundo por lo menos parecido al actual, y en eso creo que ellos y nosotros estamos de acuerdo.

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