Paradojas

Por: Andrés Gómez O.

Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, los accidentes de tránsito son la octava causa de muerte a nivel global, y la primera entre los jóvenes de 15 y 29 años. De acuerdo con el mismo organismo, las tres primeras causas de muerte son, en su orden: enfermedad isquémica coronaria, ataque al corazón e infección de las vías respiratorias inferiores (ver página), problemas muchas veces relacionados con el sedentarismo y la contaminación atmosférica. Se estima que alrededor de un millón de animales no humanos mueren al día, tan sólo en las carreteras estadounidenses (ver artículo), y en la vía del Escobero que comunica a Medellín con el oriente de Antioquia, más del 50% de las especies de mamíferos registradas colisiona con carros, entre las que hay especies amenazadas a nivel mundial (ver artículo). El 9 de junio de 2013, la Administración Nacional de Océanos y Atmósfera de Estados Unidos (NOAA), divulgó que por primera vez se registró una concentración de CO2 de400,03 ppm (partes por millón), y según científicos, la última vez que los niveles de este gas se mantuvieron de forma estable por encima de dicho valor fue entre 3 y 5 millones de años atrás(ver artículo). El 55% de los combustibles líquidos extraídos en el mundo, los consume el sector transporte (ver página) y en los Estados Unidos, el 70% del consumo total del mismo sector, corresponde a automóviles de pasajeros y camionetas livianas, (ver página). Así podríamos continuar, con las cifras que hablan de las grandes paradojas y la irracionalidad del transporte automotor individual ¿Cuál es el tamaño de nuestra adicción cuando no nos importa la magnitud del sacrificio en nombre de la velocidad y la libertad de desplazamiento?

El automóvil particular es, ante todo, un símbolo de éxito social que en principio, se concibió para el disfrute de las clases adineradas, y les entregaba un privilegio hasta el momento desconocido: circular más rápido que los otros medios conocidos (ferrocarril, bicicleta, carro de caballos). Según André Gorz, en un ensayo clásico de 1973, el automóvil “por primera vez extendía la diferencia de clases a la velocidad y al medio de transporte”. Y para mantener la promesa de velocidad, fustigada por una industria petrolera ávida de compradores para su producto monopólico, en menos de dos siglos el aspecto de nuestros campos y ciudades tuvo que cambiar radicalmente a fin de construir una red de vías que la hiciera posible. Para ofrecer velocidad, las ciudades se debían extender por kilómetros y kilómetros, y así albergar la cantidad de automóviles que se habían convertido en un producto al alcance de casi todos. Este es el tamaño de la paradoja: mayor velocidad y mayores distancias. En el texto “Energía y equidad”, también de 1973, el filósofo Ivan Illich nos presenta un cálculo inquietante: “el varón americano típico consagra más de 1.500 horas por año a su automóvil: sentado dentro de él, en marcha o parado, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina, los neumáticos, los peajes, los seguros, las infracciones y los impuestos para la construcción de las carreteras y los aparcamientos. Le consagra cuatro horas del día en las que se sirve de él, se ocupa de él o trabaja para él. Sin contar con el tiempo que pasa en el hospital, en el tribunal, en el taller o viendo publicidad automovilística ante el televisor (…) Estas 1.500 horas anuales le sirven para recorrer 10.000 kilómetros, es decir, 6 kilómetros por hora. Exactamente la misma velocidad que alcanzan los hombres en los países que no tienen industria del transporte”. La promesa de velocidad se ve diluida entre el tiempo y el dinero que invierten las personas para desplazarse.

Muerte de animales humanos y no humanos, contaminación atmosférica, impuestos de valorización, enfermedad, ruido, trancones, PIB, invasión de territorios ancestrales, petróleo no convencional, fragmentación urbana. El automóvil particular es el cimiento de la sociedad de consumo y aquí el individuo debe prevalecer: para el conductor, el resto de los viandantes son estorbos materiales, obstáculos que se interponen a su propia velocidad. Gracias a los automóviles la fascinación que tuvimos por las ciudades es ahora una pesadilla. Nos hablaban de la metrópolis medieval, de sus laberintos a la medida de los caminantes que incitaban a vagabundear sin más combustible que el alimento, así recordamos historias de derivas memorables; Walser, Baudelaire. Ahora las ciudades deben ser monótonas y rectilíneas, planeadas para facilitar el tránsito veloz y sin contratiempos. No hay lugar para la lentitud. Por eso necesitamos camionetas más potentes, una cuatro por cuatro que no se detenga ante ningún obstáculo, en la que podamos escapar, alejarnos de la asfixia. Y bueno, habrá algunos efectos colaterales, será el precio del desarrollo. El mismo que pagan el atento zorro perro o el sigiloso yaguarundí en la vía al Escobero, o una hermosa habitante imaginaria que cruza una calle romana. Así es la globalización de las externalidades. Mejor encender el aire y subir el volumen a la música. Asegurarse de haber cerrado las ventanas.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Paradojas

  1. Salomé Aramburo

    Hace mucho que tenía en mora la desatrasada de La piel de la batata, pero nunca es tarde… como tampoco el cálculo de las 1500 horas de Ivan Illich 40 años después. Seguiré saboreando las letras ya que la batata no se pudo (por esta semana!)

  2. Angela G

    Como siempre… textos oportunos, exactos y desgraciadamente encantadores. Y digo desgraciadamente porque esta es la triste realidad con la que cada día me tengo que parar de mi cama y regresar a ella al final de la jornada.

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