Hipocresía global

Por: Andrés Gómez O.

La original iniciativa ecuatoriana que pretendía no extraer el crudo presente en su más grande área natural protegida parece haber llegado a un triste final. La propuesta consistía en la no explotación de los hidrocarburos presentes en los campos Ishpingo, Tambococha y Tiputini (ITT), localizados en el Parque Nacional Yasuní, una de las zonas con mayor diversidad biológica del mundo, a cambio de que la comunidad internacional aportara una compensación económica que cubriera aproximadamente la mitad de lo que se esperaba obtener con la implementación de dicho proyecto, alrededor de US $ 3.600 millones de dólares. Ante las pobres cifras de recaudo, tan solo US $ 13.3 millones, el presidente Rafael Correa aseveró que “el mundo nos ha fallado” y solicitó a la Asamblea Nacional el levantamiento de las restricciones existentes para dar paso a la explotación de los 846 millones de barriles de petróleo que se presume existen en dichas cuencas (ver artículo). Según Correa, los ingresos producto de la explotación petrolera, “son necesarios para mejorar las condiciones de vida de los pueblos amazónicos”, en un país donde el 30% de su PIB proviene de la extracción de hidrocarburos. A la destrucción de los bienes naturales amazónicos, compartidos por Brasil, Colombia, Ecuador y Perú, se debe ahora añadir el anuncio hecho por la Secretaría de Energía de Panamá en el que se calculan reservas de 900 millones de barriles de petróleo en el tapón del Darién, otro de los ecosistemas más importantes del planeta (ver artículo). ¿Estamos dispuestos a arriesgar nuestro patrimonio ambiental ante las promesas de crecimiento económico, sabiendo que aumentar las emisiones de CO2 a la atmósfera necesariamente nos conduce al camino sin retorno del caos climático?

De acuerdo al consenso de los expertos, un aumento en la temperatura superficial global de 2oC es la línea divisoria entre una calentamiento “tolerable” y uno “incontrolable”. De nuestra propia experiencia podríamos inferir que si los efectos que experimentamos en nuestro día a día, con un aumento de la temperatura de 0.74 oC,  son evidentes, 2oC de aumento podrían desencadenar mecanismos nunca previstos por la ciencia y devastadores para la vida en el planeta. Según el último reporte sobre cambio climático publicado el pasado 27 de septiembre por el Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC), “para tener un 66% de posibilidades de mantener el límite de calentamiento debajo de 2ºC, es necesario que las emisiones acumulativas de CO2 de fuentes antropogénicas se mantengan en un límite inferior a 1000 giga toneladas métricas. Aunque la magnitud de estas cifras parezca incomprensible, podría ser más claro si pensamos lo siguiente: para 2011 habíamos liberado más de la mitad de dicha cantidad, unas 531 giga toneladas métricas, lo que indica que al ritmo que llevamos, si no aumentáramos las emisiones que son en promedio de unas 30 giga toneladas liberadas por año, habríamos sobrepasado el límite hacia 2030. La explotación del Yasuní haría una aporte de 0,4 giga toneladas métricas de CO2, sin contar el aporte en emisiones producto de la pérdida de bosques, que se añadirían a la cifra que menciona el experto ambientalista Bill McKibben: “las reservas probadas de las industrias globales del carbón, petróleo y gas, incluso antes de abrir nuevas minas o perforar pozos nuevos, son más de 5 veces el límite permitido: tienen el equivalente a 2795 giga toneladas métricas de de CO2”. (ver artículo)

La determinación del presidente Correa hace evidente que, como sostiene el experto Eduardo Gudynas del Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), en el planteamiento de la no explotación del Yasuní, el componente económico de la propuesta cobró cada vez más fuerza puesto que el gobierno de Ecuador considera que perdería mucho dinero al dejar de exportar el petróleo, mientras el compromiso inicial que la sustentó, la conservación del patrimonio ambiental y de los territorios ancestrales de varios pueblos indígenas, fue dejado en segundo plano. Esta propuesta, que se edificaba como una alternativa global para enfrentar de manera real el calentamiento global más allá de los discursos hipócritas de los países del norte, hubiese significado un apoyo real a la construcción de una economía post-petróleo, en medio de la crisis climática global. Pero la adicción de nuestra sociedad por el consumo y la obsesión por el crecimiento económico ilimitado se encargan todos los días de señalar lo que en realidad es importante para cada uno de nosotros. Así las cosas, los pueblos Tagaeiri, Taromenane y Oñamenane que habían optado por el aislamiento voluntario en el Yasuní, tendrán que buscar otro lugar para huir, seguramente, más allá de esta tierra.

Si está interesado en firmar el Manifiesto Latinoamericano por el Yasuní, haga click aquí (firmar manifiesto)

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