El paro agrario no existe

Por: Andrés Gómez O.

El país urbano y el país rural podría ser la nueva adaptación de los términos país político y país nacional que hace más de 60 años utilizara Jorge Eliécer Gaitán en sus discursos, términos que hablaban de un país de personas ocupadas en conservar sus privilegios y otro que se debatía entre la guerra y el hambre. El campo y la ciudad son hoy dos naciones distintas, una absolutamente dependiente de la otra, que sólo se acercan virtualmente a través de los medios de comunicación en circunstancias como las actuales, cuando los grandes centros urbanos perciben amenazas en términos de los minutos que los informativos dedican al tema en los horarios “prime”. Imágenes de bloqueos de vías, enfrentamientos, abusos de fuerza y sabotaje, que logran sorprendemos momentáneamente ante la inusual apariencia de estos agitadores de ruana, botas y sombrero, pero que al parecer no establece conexiones reales más allá, con el alimento que comemos sin atención mientras miramos la pantalla. Las ciudades siguen con su ritmo frenético de consumo de recursos y mientras nuestras neveras y alacenas permanezcan llenas, no tendremos razones para preocuparnos, y menos para preguntarnos, si las papas que comemos vienen de Colta, La Unión o Tacna, las cebollas de Aquitania o Alkmaar o Arequipa, si el maíz lo siembran en Crawford o Sonsón o Liaoning. Para los grandes centros de consumo, estos detalles son irrelevantes puesto que el pequeño campesino, en cualquier lugar del mundo, es principalmente un productor marginal que no logra asimilarse plenamente a la sociedad contemporánea de la manera en la que ésta lo reconocería como miembro pleno y apto: en el papel de consumidor, con ingresos altos, tarjeta de crédito y perspectivas de crecimiento.

La indiferencia de la élite política urbana ante la situación del campo parece ser una estrategia de mercado que atiende a intereses de grupos particulares, como lo tratamos en una entrada anterior (ver entrada). Según un informe especial de la revista Semana, “Así es la Colombia rural” (ver informe), el 77% de la tierra está en manos de 13% de propietarios, pero el 3,6% de ellos tiene el 30% de la tierra. Esta cifra nos habla de una desigualdad pasmosa, en la que la mayor concentración de la propiedad se da en las zonas ganaderas y en las que se explotan recursos naturales. El informe también menciona un dato revelador: “la mayor concentración de la tierra está asociada a mayor persistencia de los mismos grupos políticos, es decir, donde el sistema democrático está capturado por grupos de interés. Se calcula que 6,6 millones de hectáreas fueron despojadas por la violencia en las últimas dos décadas, esto es el 15% de la superficie agropecuaria del país.” Por todo esto no es extraño leer que el ingreso promedio de un campesino en 2009 era de 220.000 pesos mensuales (USD 116), mientras en la ciudad el ingreso promedio alcanzaba 668.000 pesos (USD 352), más de un 300% de diferencia, añadiendo que el 60% del empleo campesino es informal, sin ningún tipo de prestación adicional. En ese video podemos ver un testimonio dolorosísimo (ver video). A la debacle agraria debemos añadir el estado de desesperación en que los sume un modelo de producción en el que se depende de “paquetes tecnológicos” que vuelve a los campesinos esclavos de los agrotóxicos, en una cadena que comienza con el endeudamiento bancario para pagar a las transnacionales productoras, y continúa con el empobrecimiento de los suelos y el deterioro de la salud, y que ahora, a partir de la firma de tratados de libre comercio, los pretende despojar de su propio patrimonio genético, las semillas.

El gobierno enreda acuerdos previos con los campesinos y mientras tanto hace respetar, con los excesos de la fuerza pública, puntos indefendibles que son condiciones de tratados de libre comercio firmados con economías desarrolladas (E.E.U.U., Europa, Corea, Alianza Pacífico). Para el establecimiento, es más fácil proponer un modelo de desarrollo agropecuario entregado en su totalidad a las grandes transnacionales, que entrar en razón con una masa harapienta e ignorante. Es claro, es más fácil proponer un futuro para entenderse con sus similares, los que sí son miembros plenos de la sociedad de consumo, los que traerán desarrollo y progreso al país. No como los de ruana, los pobres, en palabras del analista social contemporáneo Zygmunt Bauman: “Ante todo los pobres de hoy (vale decir, la gente que es un “problema” para el resto), son los “no consumidores”, no los “desempleados”. Se los define en primer término por ser consumidores fallidos, dado que la obligación social más importante que no cumplen es la de ser consumidores activos y eficientes de los productos y servicios ofrecidos por el mercado”. Por eso la respuesta del país urbano ante la crisis es la indiferencia, mientras el campo que lo provee se debate en una lucha por la supervivencia, que más allá de una gélida realidad noticiosa, es una batalla por valores muy profundos: la diversidad alimentaria, la preservación del patrimonio ambiental que nos sustenta, el derecho a un trabajo digno de acuerdo a creencias y tradiciones ancestrales, por mantener vivos en nuestra frágil memoria los ciclos del sol y de la luna, la memoria del cultivo del maíz y del fríjol y la papa, por seguir siendo los depositarios del único conocimiento que para todos nosotros es imprescindible.

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1 comentario

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Una respuesta a “El paro agrario no existe

  1. Andrés Gallego

    Que bueno, me parecen excelentes y muy enriquecedores todos los datos en los que basaste tu articulo, y la forma como mencionas esa realidad rural y urbana que maneja este país. Dado que soy uno de los pocos ingenieros forestales que conoces y ya que tiengo algun conocimiento en plantaciones forestales, solamente quiero aclarar algo que observe en el link de la revista semana que mencionas.
    Colombia tiene un área de 114,17 millones de hectáreas y hay aproximadamente unas 600.000 hectáreas en plantaciones forestales que tienen como fin la producción de madera o pulpa, por lo tanto, la cifra de 7,4 millones de hectáreas en “cultivos forestales” mencionada por semana, puede incluir en esas 6,8 millones de hectáreas restantes, cultivos de palma, cultivos de caucho, plantaciones forestales con fines no comerciales, sistemas silvopastoriles, etc.
    Adicionalmente te informo, que se tiene estimado que por cada 10 hectáreas de plantaciones forestales se genera un empleo permanente y la ganaderia extensiva genera un empleo permanente, por cada 100 hectareas.
    Cordialmente.

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