Tres veces al día

Por: Andrés Gómez O.

En momentos en los que el tema agrario está en el centro de la agitación social (protestas en el Catatumbo y otras regiones del país, negociaciones de paz), el gobierno insiste en dar continuidad a políticas que sepultan lo que queda de la pequeña agricultura en favor de negocios más a tono con las imperiosas necesidades de crecimiento económico: o proyectos de extracción minero-energéticos en gran parte del territorio nacional no importa que sean zonas ambientalmente frágiles o de vocación campesina, o tratados de libre comercio lesivos para la producción local, o sesión legal e ilegal de gigantescas porciones del país para la explotación agropecuaria intensiva. Para los voceros del establecimiento, es más fácil utilizar el trillado argumento de “protestas infiltradas por sectores al margen de la ley” que enfrentar la realidad de una población campesina llevada a la pauperización, tal como lo indican las estadísticas del DANE en 2012 (estadísticas). Mientras tanto la mayoría urbana de la población, mira con desdén a los manifestantes que para muchos, no son más que un obstáculo para la libre vía del desarrollo. En medio del revuelo político y mediático emerge un tema fundamental: el futuro de la producción de alimentos en el contexto de la crisis ambiental y energética de las sociedades post-petróleo, que se deja de lado más que por desconocimiento, con el claro propósito de encubrir intereses particulares. ¿Debemos permanecer tan tranquilos al ver como multinacionales como Cargill, Monsanto, Syngenta, Diageo o Unilever quedan a cargo de la producción de nuestros alimentos?

Es por lo menos inquietante encontrar que las potencias industrializadas, ante la imposibilidad económica de disminuir el consumo energético traducido en mayores emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, plantean la crisis climática no en términos de justicia ambiental o derechos humanos, sino desde el terreno militar. Ante las evidencias que advierten una próxima escasez a todo nivel, que incluiría desplazamientos climáticos masivos y guerras por energía, agua y alimentos, mantener el control sobre estos recursos es una necesidad apremiante (ver artículo). Además de la obvia inversión en armas de nueva generación como sistemas de verificación de fronteras de alta tecnología, mecanismos para el control de masas, aviones no tripulados, etc., asegurar los recursos alimentarios y energéticos impone las más variadas estrategias. Una de ellas es la adquisición, por parte de sus multinacionales, de tierras en países pobres destinadas a satisfacer la demanda futura de alimentos en lo que serían enclaves extra-territoriales que se defenderían como apéndices de los estados nacionales. Abundan ejemplos en África y Asia camuflados bajo programas del G8 como “La Nueva Alianza para la Seguridad Alimentaria y la Nutrición”. En palabras del experto Gustavo Douch: “dicen estas ONG agroindustriales que llegan para luchar contra el hambre, pero en realidad lo hacen para saciar su hambre de negocios en una terrible combinación: acaparamiento de las mejores tierras campesinas e indígenas y expulsión de millones de personas de sus espacios vitales, para dar cabida a modelos productivos industriales que contaminan y destruyen la fertilidad de la tierra, sustituyen los cultivos alimentarios tradicionales por cultivos para la exportación, imponiendo la siembra de cultivos transgénicos y patentados, acabando con las semillas locales, base de la soberanía alimentaria de estas poblaciones” (ver artículo).

En Colombia, la estrategia sigue patrones semejantes a través de años de violencia paramilitar y la posterior compra de miles de hectáreas “blanqueadas” para el cómodo establecimiento de este modelo de negocio. Casos en los Llanos Orientales como el de La Fazenda, propiedad de reconocidos industriales del país, donde dicen las investigaciones que publica el portal Verdadabierta: “los paramilitares instalaron una base de entrenamiento y cavaron fosas para desaparecer a sus víctimas” (ver artículo), se unen a otros como el de la compra de tierras, por medio de artimañas jurídicas, de la multinacional estadounidense Cargill en el Vichada, denunciado por el mismo portal: “según el estudio, financiado por Oxfam y elaborado por la investigadora Paula Álvarez, Cargill adquirió a través de 36 sociedades por acciones simplificadas 52 mil hectáreas que fueron originalmente baldíos”. Según indica la investigadora Álvarez, Cargill fue fundada en 1865 en Estados Unidos, pero su actividad se ha extendido a 65 países, y controla el 90% del comercio de granos, bebidas y alimentos en el mundo (ver artículo).

Devolver la dignidad cultural a la labor del campesino es obligación de cada uno de nosotros, consumidores urbanos, que parece hemos olvidado que por lo menos tres veces al día tenemos en frente nuestro el alimento, producto de la labor que sustenta la vida de la especie humana. Se vuelve necesario hacer de nuevo énfasis en lo que hemos insistido varias veces desde este portal, comer es un acto político, que más allá de solucionar una necesidad corporal inmediata, tiene todo tipo de consecuencias en el planeta que habitamos junto a otros miles de especies. Podríamos comenzar por cuestiones tan simples como tratar de rastrear el origen de los alimentos que llevamos a nuestra mesa y dar prioridad en nuestras compras a productos locales, cultivados de manera tradicional (ahora llamados productos orgánicos). Es nuestra responsabilidad tomar algún tipo de acción y así comenzar a desvirtuar la rotunda descripción que hace el sociólogo Alfredo Molano de nuestra realidad: “Niños sanos, ríos cristalinos, cultivos verdes y florecidos, sonrisas, pajaritos, escuelitas, ositos de peluche, estrellitas, obreros felices, campesinos felices, empleados felices: el país de cucaña. Desde el cuarto de la televisión en un apartamento del barrio Rosales de Bogotá, o del Prado de Barranquilla, o del Poblado en Medellín, todo se ve color de rosa; más aún, se agradece que las multinacionales se lleven el carbón, el petróleo, el oro y la energía; se aplaude que las empresas abran cráteres gigantescos, desvíen ríos, tumben “matorrales” para sembrar soya en los Llanos Orientales. Se llora de emoción viendo las volquetas gigantes, el trazo de los oleoductos, los pitos de los barcos cargando en los nuevos puertos al lado de cementerios marinos donde el mar descompuso cuerpos mutilados”. Es una responsabilidad que no podemos evadir, que se nos recuerda por lo menos tres veces al día.

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1 comentario

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Una respuesta a “Tres veces al día

  1. No ha de obviarse la subordinación mental desarrollada por algunas comunidades de zonas de operación de estas grandes industrias (petrolera, por ejemplo), que prefiere la espera de un cupo para laborar con salario fijo, una vez al año, o con determinada periodicidad, antes que desarrollar proyectos productivos o de interés y beneficio comunitario, que aunque tengan menor remuneración prevalecerán a los industriales, acotados sí por la magnitud de las reservas minerales.

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