Fragilidad

Por: Andrés Gómez O.

De estos días tan convulsionados de “paro cafetero” y ciudades sitiadas por bloqueos en las carreteras, surgen preocupaciones profundas que cuestionan más allá del hecho coyuntural de la problemática económica de un sector de la población, la forma en la que nuestras ciudades se relacionan con un entorno rural del que proveen todos sus recursos. En esta relación encontramos implícita una condición en particular preocupante: la fragilidad del modelo actual de comunidad urbana. Si pensáramos en una situación más crítica, en la que se suspendiera por completo la entrada de víveres a plazas de mercado, almacenes de cadena y tiendas de barrio, tal vez tendríamos autonomía para algunos días. Bien valdría la pena preguntarse, ¿qué pasaría después?

Si hacemos un poco de memoria, la mayoría de nuestros antepasados cercanos nacieron y crecieron en el campo. Gran parte de las actividades que desarrollaban estaban directamente relacionadas con la producción y distribución de alimentos, que en su mayoría tenían como destino la satisfacción de la demanda local. Aquellas comunidades tenían una autonomía alimentaria mucho mayor que la nuestra, y externalidades como bloqueos de vías de acceso, implicaban amenazas mínimas a la supervivencia de sus habitantes. La migración masiva de la población rural a las ciudades afectó de manera radical la distribución de las labores de producción de alimentos, y con el paso del tiempo, la industrialización y los nuevos patrones de consumo, permitimos el crecimiento de una gigantesca industria con plantaciones tecnificadas ubicadas en cualquier lugar del mundo, añadiendo un factor adicional de fragilidad: su dependencia, tanto para procesos producción como de distribución, de los combustibles fósiles a bajo precio.

Las nuevas generaciones urbanas estamos cada vez menos familiarizadas con el ciclo de las plantas, la relación de nuestros cultivos con los movimientos de los astros, la forma en que los elementos de la materia orgánica vuelven a fijarse en el suelo. Abandonamos la práctica y el conocimiento de la producción de los alimentos que garantizan nuestra supervivencia y lo dejamos en manos de las grandes corporaciones y su lógica de la maximización de las ganancias. Desmantelamos esquemas complejos y diversos de autonomía que residían en la capacidad de producción local ante las promesas de productos a menor precio hechas por la globalización.

Pero la realidad parece hablarnos de algo diferente, de la debilidad de las comunidades modernas ante las alteraciones de un entorno del que tenemos la idea que provee recursos de manera inagotable, de la total dependencia de cadenas de distribución eficientes y en el fondo de todo, de la necesidad de un combustible barato que permita transportar lo que se nos ocurra desde cualquier lugar. Si miramos en detalle, pareciera que el mayor peligro que ha enfrentado el hombre en su historia, el cambio climático, dependiera sustancialmente de decisiones en apariencia tan inofensivas como la elección que hacemos del alimento que ponemos en nuestro plato.

 

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1 comentario

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Una respuesta a “Fragilidad

  1. Buen inicio. Sabroso encontrarse con letras que le pican a uno la cabeza y lo ponen a mirar hacia lugares que generalmente uno no mira.

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